La miseria de las naciones
20 dic 2008
Los muridíes generan cada vez más literatura universitaria en Europa. Seguramente, a estas alturas, sean la filé más estudiada del mundo. Comerciantes, sufíes, con sus estructuras en plena transformación y con más de dos millones de miembros, son la gran barrera africana a la penetración del wahabismo (y de al-qaeda). Sin embargo sus consecuencias geopolíticas parecen animar poco a los estudiosos europeos que se centran siempre en aquello que ahora preocupa más al estado: la asimilación de la emigración.
La la mirada nacionalista es nacionalizante. El inmigrante es alguien que al trasladarse de un territorio a otro debe asumir los valores imperantes en ese territorio. Valores que se suponen materializados en el estado. Su vida está rota en dos espacios conceptuales: la nación de origen y el territorio gobernado por el estado receptor.
Ese esquema funciona relativamente bien cuando las personas han sido previamente nacionalizadas. Cuando asumen una identidad nacional clara de partida. Pero cuando redes como la de los muridíes madurán evolucionando a filé, las cosas dejan de ser tan sencillas. Para sopresa de los investigadores:
Contemplamos la imposibilidad de hablar de sociedad de origen y de sociedad de destino como dos espacios totalmente diferenciados en la realidad diaria de los emigrantes senegaleses.
Y es que esa diferenciación estricta sólo existe para los nacionalistas, para cualquier nacionalista de cualquier lado. Un murid se mueve dentro de su red. Cruza fronteras, pero no siente que salga de una realidad a otra. La idea de que a la palabra realidad se le puede colgar el adjetivo nacional sin poner en peligro la salud mental del que asiente gravemente, es para muchos simplemente patológica.
Por cierto que no es extraño que el mismo estudio se proponga como objetivo “presentar un modelo etnográfico“. La etnografía, nacida de la lógica de castas colonial, no es sino la entomología de las personas agrupadas en lo no-nacional, asumido previamente como primitivo o subdesarrollado. Almas incompletas por evangelizar.
Lo curioso de algunos de los estudios que están apareciendo es que al descubrir el carácter y la identidad crecientemente transnacional y transracial de los muridíes -y por tanto la inoperatividad del concepto de asimilación nacional- ponen en cuestión también su papel para el desarrollo:
las políticas de cooperación al desarrollo, al menos en estos momentos, y al menos según lo entendemos después de analizar el caso concreto de la cofradía musulmana Mouride, no pueden ir dirigidas de manera prioritaria a la disminución de los flujos migratorios.
Pero… Que yo sepa en toda Africa no existe otra organización no estatal que provea de medios de vida, crédito sin interés y mecanismos de cohesión a dos millones de personas.
La idea de fondo, el rechazo de fondo, proviene de que el objetivo implícito en los proyectos de cooperación es el desarrollo nacional. No el desarrollo humano. No puede decirse que los proyectos de cooperación de los grupos muridíes tienden a centrarse en Touba -su ciudad sagrada- como argumento. ¿Sería diferente si su ciudad sagrada fuera Dakar, capital del estado? Seguramente sí. Los muridíes invierten en sus comunidades centrales del mismo modo que las ONGs hacen proyectos sociales en las zonas que están presentes.
Pero hay una diferencia abismal entre cualquier ONG y los muridíes. Las filés son en sí, más allá de sus proyectos, el desarrollo, la forma de organización social a través de las que millones de personas salen de la misería. Algo que el mundo de las naciones, con sus legiones de ONGs paraestatales, siguen sin poder vindicar tras más de medio siglo de independencia nacional y ayuda al desarrollo.
La moraleja para sociólogos se la dejo a Keynes:
La dificultad estriba no en las nuevas ideas, sino en escapar de las viejas, que se ramifican, para la mayoría de los que crecimos con ellas, por cada rincón de nuestras mentes.
La debilidad de este tipo de organización reside en lo siguiente: ¿hasta qué punto se es dependiente – como individuo – de ella? Y al ser dependiente, ¿debo pasar por aceptar sus ritos tribales, por ofensivos que sean para mí?. O para otros. Sólo tienen sentido si me permiten desvincularme libremente como el que deja un club de ajedrez dejando de pagar la cuota. ¿Cuándo la comunidad, filé o tribu se convierte en secta, adoctrinamiento y obligación? ¿Cuando se convierte en una restricción a la libertad de empresa, como los gremios?
Pongámonos en el caso canadiense donde se ha debatido si tienen jurisprudencia los tribunales islámicos sobre los seguidores de esa confesión y para resolver disputas civiles entre sus miembros a partir de un código legal que puede vulnerar un código llamémosle “superior” que puede ser el de la federación canadiense. ¿Por qué tengo que aceptar ser juzgado por ese código que es más restrictivo de mi libertad individual y se me aplica por una condición de origen familiar y no de opción individual? ¿Tiene sentido que elija yo el código por el que quiero ser juzgado? Se hace en derecho al elegir tribunales en los contratos, pero ¿y si no tengo opción (de nacimiento, o la que sea) para pactar quién dirimirá el conflicto si llega y cuando llegue?