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Iconoclastia y nacionalismo

25 abr 2010

El proyecto nacional-ilustrado tuvo que enfrentarse a un denso universo ritual y simbólico. De las cofradías y gremios a la presencia social de la Iglesia, desde los estandartes militares a los tribunales de aguas, de las ceremonias nobiliarias al ejército, la sociedad del Antiguo Régimen, estaba llena de solemnidades, escudos, símbolos y santos.

Desmontar o cuando menos resignificar todo ese tejido de sentidos e imágenes, hacer tabula rasa de los referentes cotidianos de la identidad, constituyó el necesario paralelo imaginario a la creación de la unidad de mercado en el mercado nacional y la unificación impositiva en el desarrollo del estado nacional.

La burguesía racionalista e ilustrada no podía ser sino iconoclasta uniendo la fobia a los símbolos anteriores a su programa laicista de construcción nacional. Cierto que no pocos de ellos -desde los muy masónicos founding fathers de EEUU, a Robespierre y su Ser Supremo- fueron conscientes pronto de la necesidad de dar una materialización ceremonial y simbólica a los nuevos valores. Pero también es cierto que la nación estaba pasando de comunidad imaginada a ser imaginario no muy diferente del Dios cristiano en tanto que gozaba de atributos propios de la antropomorfización divina como el carácter, la voluntad o la posesión de un destino.

Nacen entonces, de forma más o menos mestiza con la vieja simbología católico-monárquica, himnos, desfiles, banderas y escudos nacionales y todo un repertorio ceremonial (matrimonios y entierros civiles, ceremonias académicas laicas, homenajes a la bandera, días nacionales, etc.) que constituyen el molde común de la religio nacionalista desde John Adams a la URSS.

La forma canónica de este modelo puede observarse incluso mejor que en Francia, en las repúblicas sudamericanas, donde el tejido social gremial, religioso y local anterior a la independencia no tenía ni mucho menos la densidad y peso social que en Europa.

No es que se vea mal o se persiga que agrupaciones de la recien nacida sociedad civil tengan su simbología propia, es que de esta se espera que sea funcional (es decir que no exprese valores diferenciados o autónomos) y que a ser posible se integre dentro de la simbología nacional(ista) incluyendo muchas veces la socorrida referencia a la bandera o el escudo nacional.

De este modo, la identidad nacional se fue construyendo cada vez con más solidez, especialmente a partir de la universalización del sistema escolar y la imposición de un ritual civil nacionalista completo desde la infancia. Sólo por dar ejemplos argentinos, recordemos la promesa de la bandera, izado de bandera, jura de la bandera, etc. que han sazonado la vida escolar de tantas generaciones hasta la actual.

Paralelamente cada vez resultaba más extraña, más antigua, la presencia de símbolos autónomos, incluso de organizaciones que podríamos llamar fundacionales del estado nacional, en simbolos de instituciones no estatales. Es el caso de la Universidad de la República en Chile por ejemplo, que suscita la pregunta del por qué de los símbolos escogidos, abiertamente masónicos, cuando nadie se plantearía la aparición del logo de una empresa en una universidad que patrocinara. La diferencia: las empresas tienen denominación de origen nacional, son una parte no una posible comunidad que escape a la subsunción en el estado.

La iconoclastia combativa del nacionalismo europeo original, se fue convirtiendo poco a poco en la asunción de la omnipresencia cuasi invisible, neutral, de los símbolos nacionalistas en la vida cotidiana. Símbolos que tras su triunfo final se pretenden obviamente no ideológicos, pero que tan así son que excluyen a los demás desde la lógica integradora del estado.

En estados donde el nacionalismo nunca acabó de imponerse del todo el resultado de este proceso es paradójico: toda una parte de la población que dice rechazar símbolos y estandartes como aberraciones y anticuallas, venera una bandera estatal alternativa (la tricolor republicana en España por ejemplo).

Al mismo tiempo, el proceso decimonónico de homogeneización simbólica corre raudo por la banda de las organizaciones locales de la sociedad civil dirigido desde las instituciones delegadas por el estado en los territorios que gestiona con identidades nacionales diferenciadas (Córcega en Francia, las autonomías españolas, etc.).

En España no hay logo de asociación o federación deportiva, de vecinos y hasta de padres de alumnos que no lleve su respectiva bandera regional incorporada, mientras en Portugal (un modelo más cercano al canónico) ocurre lo mismo con la bandera nacional.

En ambos lugares sin embargo buena parte de la izquierda supuestamente iconoclasta y no nacionalista sigue venerando símbolos nacionales alternativos (en España la bandera, en Portugal el himno) sin reparo de rechazar de forma instintiva, visceral, simbologías autónomas como las de las cofradías y paso de Semana Santa, la parafernalia esperantista o las ligadas a las tradiciones religiosas de los inmigrantes. Un fenómeno similar se da en las derechas -algunas de las cuales añoran también otras banderas nacionales- frente a las banderas del estado nacional en territorios que éste administra con cierta delegación (Madeira o Açores en Portugal o Euskadi y Cataluña en España por ejemplo).

Seguramente por el carácter imcompleto de la construcción de lo nacional en estos estados, el proyecto nacionalista -aunque por lo mismo se declare no-nacionalista- sigue teniendo músculo iconoclasta frente a los símbolos ajenos. Sigue teniendo nervio y reflejos totalizadores.

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9 Comentarios a “Iconoclastia y nacionalismo”

  1. Gonzalo Martín

    Comparto el diagnóstico. Sin embargo, en lo que siempre he sentido menos interés (es decir, objeto de atención y análisis) es en la construcción de la simbología indiana. Es cierto que los grupos humanos construyen símbolos que tienen un significado conjunto. Tantas veces espontáneamente. Pero precisamente por los defectos de los símbolos a medida que permanecen y los abrazan nuevas generaciones me parecen artefactos problemáticos. A mí me interesa prescindir de ellos, o no darles más trascendencia que la estética (a fin de cuentas, los “logos” de las empresas existen por algo, para que se sepa lo que eres y para abrazar a los de dentro) porque me abruma la carga que suelen adquirir. Y esto puede ser una “tara” psicológica personal: cualquier patio repleto de gente con banderas me asusta antes de cualquier otra reacción.

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  2. David de Ugarte

    Eso es porque tus referencias son justamente los nacionalismos españoles y las prelaturas católicas españolas. Mira en cambio la masonería, siglos de símbolos, contextos diferentes, evoluciones opuestas… y siempre como denominador común la tolerancia y el no fanatismo.

    Los símbolos no tienen nada mágico y peligroso. Son iconos que abren ventanitas en nuestras mentes, aquellas ventanitas que queremos que abran, no otras, pues no tienen voluntad propia.

    No son los símbolos los que volvieron al casticimo español asesino, ni la guerra civil ni el terrorismo fueron instigadas por el poder de los símbolos… sino por unas ideas y unos intereses que ya eran asesinos desde su origen…

    Los símbolos, las pequeñas ceremonias, etc. sirven, en cualquier comunidad humana, para permitir la cohesión en diversidad. La diferencia entre lo que temes y el uso cabal de una simbología está en que en el primer caso una ideología excluyente se asocia con imágenes y rituales (normalmente agresivos explicita o implicitamente). En el segundo en cambio, los símbolos expresan [[mitos]], cuentos más amplios que expresan valores sin concretarlos demasiado, permitiendo la libre interpretación personal y la construcción de un entorno compartido de valores sin dogmatismos.

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  3. Gonzalo Martín

    Psé. Los ritos y los símbolos terminan convirtiéndose en idioteces o en terror con mucha facilidad. Los masones resultan a veces ridículos con la ceremonia: es cierto que la procesión va por dentro… Pero servidor cuando se siente bien es cuando los ritos son de importancia mínima. Es bonito dar una rosa a cambio de un libro. Pero no dedicaré un minuto de mi vida a considerarme culpable si no lo hago, o a recuperarlo si desaparece, o decirle a los demás que lo hagan o que traicionan algo si dejan de hacerlo o no lo hacen: no necesito el rito para saber lo que soy o para elegir hoy o mañana portar una rosa o entregar un libro. Un buen signo es ver que los mitos se quedan en literatura. Me siento más cómodo si los ritos aparecen, ascienden, se perfeccionan y desaparecen en un ciclo de tiempo que pueda contemplar.

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  4. David de Ugarte

    Ves? Es que no te quitas la asimilación de simbolismo con cristianismo/judaismo de encima! Entiendo tu rechazo por rechazo a la cosa cristiana, pero no tires el agua sucia con el niño dentro, que dirían en francés.

    La relación símbolo/culpa es típica de ese elemento retorcido y castrante de culto al dolor y al miedo, típico de ese tronco de religiones orientales “intimistas”. No me imagino a un masón sintiéndose culpable por no ir a una tenida o por perder el mandil… y luego cuando dices q el rito masón parece a veces “ridículo”, bueno, el ridículo es seguramente el peor sentimiento que nos ha inculturado el cristianismo y tiene mucho que ver con el aplastamiento del diferente y la imposición de un sentimiento de inferioridad y culpa socialmente generalizado (la gran perversión cristiana, en la base de todas las demás, claramente visible en cualquier cole católico o en cualquier escuela de idiomas española).

    Los masones son, en sus ritos, indudablemente excéntricos. Pero excéntrico quiere decir una cosa y ridículo otra. La asociación excentrico=ridículo sólo la puede hacer -y de hecho la impulsa- el centro, osea entre nosotros el catolicismo, por motivos obvios :)

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  5. Gonzalo Martín

    Bueno, compartiendo todas esas cosas, mi sensación frente a los ritos suele ser otra: una imposición de los demás para ser “sociable”. Va más allá de todo eso, es eso tan típico del “no te integras”. A mí me parece muy interesante la solemnidad que saben darle británicos y norteamericanos a sus muertos militares, porque sin escenografía… a ver quien traga. Veamos por comparación la incapacidad de los equivalentes locales. O la Iglesia, qué grandísima escena: una cosa es que sean interesantes y entretenidas según el caso y otra que sean una razón para ser. Para mí son entretenimientos culturales cuando llegan a eso, pero lo que me aleja es que tenga que ser un medio obligatorio de relación con los demás. Yo no quiero un izado de bandera con canciones aunque sean las de un país llamado A. No necesito del teatro para asumir mis convicciones, llego a ellas por un mecanismo de reflexión, el de la emoción termina conduciendo a cosas que no me gustan y que no tienen que ser asesinatos para que no sean un rollo, una pérdida de tiempo o, simplemente, un acto social como tantos otros. Como tantos otros, con un alto riesgo de presencia de hipócritas. La simbología sirve para cohesionar? Seguro que sí, pero yo no la necesito, creo haber entendido antes por qué hago algo. Ser excéntrico me parece sanísimo, lo que no impide que me pueda parecer ridículo: para debatir sobre un problema que tenga que ver con mis semejantes no necesito vestirme de una manera determinada, aunque sí tenga un procedimiento de discusión. Teñirlo de mitos a mí me parece oscurecerlo: al final, todo el mundo olvida su origen y terminan falsificados.

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  6. David de Ugarte

    mmmm es que en realidad no se trata de resolver cuestiones o diferencias concretas, sino de evitar o corregir la inevitable erosión de los valores que se produce del puro vivir, de estar siempre en los medios sin tiempo para recordar los fines que nos pusieron un día en marcha..

    Confieso que siempre envidié el “break” que supone tener una liturgia que te lleve a reflexionar sobre las cosas en las que crees y a recordarte por qué empezaste a creer en ellas.

    Cuando descubrí las sencillas mitologías y ceremonias gremiales (y su hermana barroca, la masonería) me fascinó su forma de funcionamiento y fíjate, su autenticidad. Porque lo esencial de ellas es que sirven a cada uno y las usa cada uno para si, sin excluir a nadie, pero uniendote con otros porque entiendes que andan en algo parecido. Osea sirve para lo que los romanos llamaban [[religio]].

    Y ahí el mito es clave precisamente porque en esto de los valores tener espacio a la diversidad en la interpretación es una buena cosa, permite la reinvención y aleja del dogma, da espacio a la individualidad en vez de homogeneizar.

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  7. Gonzalo Martín

    Por terminar, y después de todo: me encanta San Jorge.

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  8. Bacterio

    A mi me gustaría añadir un pequeño matiz antropológico que puede ser útil para la conversación. Estáis utilizando la palabra “símbolo” para referiros indistintamente a lo que sería propiamente un símbolo y lo que sería un signo.

    La referencia que se me ocurre para el asunto que os planteo seria Dan Sperber en El simbolismo en general. Anthropos. Barcelona. 1988.
    http://books.google.com/books?id=PeItAEpcxQkC&printsec=frontcover&dq=dan+sperber&hl=ca&cd=2#v=onepage&q&f=false

    Un artefacto puede ser ambas cosas. Mientras que el signo sería el logotipo nuevo de fábrica, un diseño elaborado para transmitir una idea preconcebida, idealmente unívoca; el símbolo es el resultado de que un artefacto determinado sea usado en un contexto histórico, social y personal.

    Obviamente, un signo bien manejado por un poder establecido o incipiente, o por una comunidad real preconcebida, puede convertirse en un símbolo eficaz en su interpretación (una mezcla de razón, emoción y varias cosas más difíciles de nombrar). Pero cualquier artefacto en un contexto determinado puede cargarse de simbolismo: un pañuelo en la cabeza en Madrid, un pañuelo palestino en Euskal Herria, llevar los pantalones caídos…

    Gran parte del “manejamiento” que permite convertir un signo en símbolo consiste en documentar/inventar/recrear la historia del artefacto. Los proyectos nacionales suelen (solían?) basar su éxito en armar un entramado de artefactos y rituales coherentes entre sí, acelerados por el poder de un estado o para-estado.

    Como ejemplo: el artículo de la indianopedia sobre El lobo y la Osa. A mi si me parecen interesantes, será que soy mñas friki. :p

    Si la comunidad es real (segun la definición de la indianopedia) ya se encargará espontaneamente de generar (performar, ritualizar) sus símbolos. Aunque sean arbitrarios, aberrantes, feos o de genealogía confusa.

    http://www.youtube.com/watch?v=Ym-k5viJ7tA
    Es ineludible esta escena de la vida de brian (la calabaza! sigamos a la calabaza!)

    Tal vez, sin nadie que se encargue de normativizar, documentar o comerciar con ellos, los símbolos le resulten menos molestos a Gonzalo. Aunque no creo que sea el caso de Sant Jordi! ;)

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