En tiempos de Bourne quién echaría de menos a Bond
A principios de verano nos habían regalado dos invitaciones de Universal y habíamos decidido esperar al estreno de El ultimatum de Bourne. Fuimos esta noche. Luna llena y la cabeza hirviendo de redes.
La factura es impresionante. Acción bien rodada, genialmente fotografiada y mejor pensada. Dos horas reconociendo las ciudades de mi vida de una forma nada habitual en superproducciones. Largas escenas en calles y estaciones de sobra conocidas por quien ha vivido en ellas, filmadas sin pretenciosidad ni guiños turísticos innecesarios. Planos aéreos para la presentación en vez de la consabida vista al monumento emblemático de turno. El ambiente de la calle, el estilo de los bares, la caída de los abrigos de los policías y la mugre de las pensiones retratados con medios de Hollywood y sensibilidad de Pinewood. El escenario símplemente perfecto.
Pero lo esencial es Bourne resumiendo el siglo XXI como Bond resumió el XX. Frente al Bond de una pieza, funcionario con licencia para matar, Bourne no existe en ningún lado ni para nadie salvo para la agencia que quiere matarle a él. En vez de estar al servicio de Su Majestad, consciente y orgulloso de su puesto en el estado, usando alta tecnología a medida hecha en laboratorios secretos, Bourne es un nativo digital que no trabaja para nadie, no se inserta en ninguna estructura. Tiene por el contrario que dotarse de sentido, descubrir quién es. Lo hace por si y para si, no desde la jerarquía, sino desmadejándola. Bourne es un radical libre, un nodo que ha escapado y teje una red distinta por su cuenta. Bourne es conflictivo, contradictorio, está en búsqueda Matt Damon está perfecto interpretando a un tipo que no pretende ser duro ni perdonar la vida a nadie, que no conquista, ni ocupa, ni posee. Un tipo que no siente que tenga un trabajo, que salta por las capitales del mundo de sus enemigos con la naturalidad del sionista digital que sabe que sólo en el camuflaje, el nomadismo y la multitud tiene respiro, que las mismas calles nunca configurarán para él las mismas ciudades que para sus antagonistas. No es violento, pero tampoco rehusa enfrentarse, siquiera tomando vías extremas cuando le permiten abrir una puerta a lo que precisa para descubrirse. Bourne simplemente lucha por tener una vida.
En un guiño del autor de las novelas*, Bourne, en realidad se llama David Webb
Por la tela de araña, o por los Webb
o por el rey David, el hondero, o probablemente, por ninguna de las tres cosas. Bourne, al fin, existe porque se inventa a si mismo atando cabos, uniendo piezas que, él mismo sabe, nunca harán un mapa completo, una imagen en la que pueda reconocerse totalmente
Pero como dice a modo de despedida en la estación de buses de Tanger a Sarah, la analista de la CIA que se había unido a la vida en fuga en Madrid: It gets easier in time
