Crisálida
08 jun 2009
Amanecía tarde en Bruselas. Pocas cosas se le hacían tan desapacibles como el calor seco de los hoteles por la mañana. Solía ser la primera en llegar, aún sin duchar, al desayuno. Una rutina sórdida de diplomático corporativo. Bajaba con la ropa sucia del día anterior y su pequeño portatil de 9 pulgadas. Se colocaba en la primera mesa con el cartoncito de la llave electrónica bien visible en la esquina de la mesa. Odiaba tener que empezar el día dando un número en inglés o francés a un camarero de tan mal humor como ella. Hablar antes del café le rompía la voz para todo el día.